
Hoy, mientras disfruto mi café en la misma oficina de cada viernes por la mañana —donde, por cierto, el insomnio me empujó fuera de la cama pero me regaló tiempo para meditar— reflexiono sobre lo que este momento significa.
El café no es solo una bebida, es todo el momento. Es la pausa, la conexión, la presencia.
Desde prepararlo, olerlo, saborearlo y sostener la taza caliente entre las manos, hasta ese primer sorbo que parece despertar no solo el cuerpo, sino también la conciencia. Es un ritual que nos ancla al presente, un respiro en medio del ritmo acelerado del día.
Pero, ¿qué viene después de este instante? El subidón de energía y la desconexión. Volvemos al mundo del correr sin rumbo, al rush de la mañana, a los correos urgentes, a teclear más rápido porque siempre hay mucho por hacer.
Hoy, la vida nos exige mantenernos en el momento café por más tiempo. Hacer las cosas con mayor contemplación, estar más presentes, disfrutar más cada instante.
Me pregunto: ¿Qué pasaría si hoy hago todo con la misma presencia con la que disfruto mi café de la mañana? ¿Si cada acción tuviera esa misma intención?
Suena fácil, pero no siempre lo es. Sin embargo, ¿qué pasaría si comenzamos con pequeñas prácticas? Si elegimos no correr. Si dejamos de querer resolverlo todo en una mañana. Si entendemos que el mundo seguirá girando, hagamos o no hagamos más.
Hoy elijo estar presente en cada una de mis acciones. Y cuando me descubra corriendo sin rumbo, elegiré detenerme y pausar.
La próxima vez que tomes tu café, obsérvalo, saboréalo y deja que te recuerde la importancia de vivir con intención.


Deja un comentario